Su vida fue, hacer todo, tal cual le dijeron debía hacerse. Con lluvia, sol, frío o calor, estuvo ahí, dónde había que estar, haciendo lo que había que hacer. El tiempo le arrugó la piel y le cansó las manos, en algún momento esto debía acabar, esa fue la promesa, siempre.
Después de su último día de trabajo, soltó las manos, se fue a casa a descansar (por fin), doblando la esquina cerró los ojos y relajó su cara en tranquila sonrisa, que se partió cuando su cara se estrelló contra el cemento, en cámara lenta, dio varias vueltas por el aire como si el viento pudiera levantarla, la palabra se rompió en novecientos noventa y nueve pedazos.
No era un buen lugar para la jubilación, la hoja nunca se enteró lo que significaba vivir en la cuidad.
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